Popcorn Brain, el fenómeno adictivo que está destruyendo tu atención a la velocidad de TikTok | Teléfonos móviles | Redes sociales | SOMOS
Abrimos TikTok “solo por un minuto” y, sin darnos cuenta, ha pasado una hora. Trabajamos mientras escuchamos un podcast y respondemos mensajes. Actualmente, estamos sumergidos en un mundo donde el scrolling es infinito y la multitarea digital están moldeado nuestra forma de pensar y actuar. Cada notificación es una chispa, cada video un destello y cada aplicación compite por nuestra atención. En medio de esa lluvia de estímulos rápidos, la lentitud incomoda, el silencio pesa y nuestra mente se impacienta si no recibe nuevas dosis de contenido a cada segundo. Sin duda, la desconexión es todo un desafío. No porque no sepamos cómo hacerlo—todos hemos intentado apagar el celular, silenciar las notificaciones o alejarnos un rato de las redes sociales— sino porque nuestro cerebro se ha acostumbrado tanto a una estimulación digital constante y rápida, que la atención se fragmenta y comienza a saltar de un estímulo a otro sin descanso, como si fuera canchita o palomitas de maíz reventando en una olla. Newsletter exclusivo para suscriptores Juan Carlos Fangacio presenta en exclusiva lo que traerá nuestro suplemento sabatino, cada viernes. Recíbelo Por eso, hoy en día para describir este estado mental se emplea el término “popcorn brain”. Según explicó Stefano de la Torre, director de la carrera de psicología de la Universidad Científica del Sur a Estilo, la idea surgió a inicios de la década del 2010 cuando empezaron a observar cómo el uso excesivo de internet, redes sociales y notificaciones rápidas estaba generando patrones de distracción persistente, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes. “No es un diagnóstico clínico, sino una metáfora que captura perfectamente cómo un cerebro saturado de microimpactos pierde la capacidad de sostener la atención de manera profunda”, aseguró el experto. ¿Por qué el cerebro moderno busca estímulos rápidos? El cerebro humano siempre ha estado programado para buscar novedad, recompensas rápidas y señales potencialmente importantes en el entorno. Sin embargo, esa programación biológica hoy se encuentra con un ecosistema digital que funciona al revés de cómo opera la atención: cada notificación, cada video corto y cada actualización es un microestímulo diseñado para capturar nuestro sistema de recompensa. En definitiva, las plataformas digitales entendieron muy bien este mecanismo y lo replican a cada segundo. “El “ping” del celular, el scroll infinito o ese video que empieza sin que lo pidas activan un circuito muy sensible: el de la dopamina, el neurotransmisor que nos mantiene motivados, enfocados y listos para repetir aquello que nos resultó gratificante”, señaló la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic. No obstante, el problema no es la dopamina en sí—porque la necesitamos para vivir—, sino el aprendizaje que se instala cuando recurrimos constantemente a estímulos intensos para tapar la mínima incomodidad: aburrimiento, silencio, espera o ansiedad. Poco a poco, el cerebro empieza a interpretar que esa sobreestimulación es la nueva normalidad. Entonces, cuando aparece algo más lento —una conversación sin distracciones, una tarea que exige concentración o un libro— se siente plano e insuficiente. Las recompensas instantáneas de las redes activan el circuito de dopamina, empujando al cerebro a buscar estímulos cada vez más rápidos para sentir alivio. Ahí es donde surge esta especie de “salto automático” entre estímulos: la mente, acostumbrada a recompensas constantes, busca la siguiente chispa antes de que la actual siquiera termine. Y cuando ese patrón se vuelve habitual, se observa irritabilidad al desconectar, dificultad para tolerar el silencio, necesidad compulsiva de revisar redes y la tendencia a postergar responsabilidades para volver al estímulo rápido que promete alivio. ¿Qué ocurre en el cerebro ante esta exposición? De acuerdo con el psicólogo lo que vemos es una hiperactivación constante del sistema dopaminérgico. Cada estímulo digital produce un pequeño pico de dopamina que refuerza la conducta de seguir buscando novedad. Básicamente, el cerebro empieza a anticipar esas microrecompensas, de manera que el simple hecho de esperar un nuevo video o actualización ya genera activación. Sin embargo, esta estimulación constante supone un costo, ya que desgasta la corteza prefrontal, la cual es la responsable de regular el control atencional. En términos funcionales, hace que las redes neuronales dedicadas a la atención profunda y sostenida trabajen cada vez menos, debilitándose por falta de uso. “Es como si la atención se rompiera en pedazos o se fragmentara por fatiga. Las interrupciones constantes, incluso cuando parecen pequeñas, van erosionando la capacidad del cerebro para mantener el foco durante períodos prolongados”, recalcó el experto. Asimismo, en este proceso, varias funciones ejecutivas son las primeras en deteriorarse. Como mencionó la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional, el control inhibitorio —esa habilidad para resistir un distractor o no reaccionar automáticamente ante un estímulo— es lo que más rápido se ve afectado. Luego se compromete la memoria de trabajo, la cual nos permite retener información a corto plazo mientras pensamos, y después la planificación y la flexibilidad cognitiva. Cuando estas capacidades se debilitan, la mente opera en un modo más superficial: cuesta mantener el hilo incluso de tareas simples, es incapaz de sostener un análisis profundo, los pensamientos se vuelven más fragmentados y aparece una sensación de agotamiento que no es física, pero sí mentalmente dispersante. ¿Cómo impacta el “popcorn brain” en la vida diaria? El “popcorn brain” se manifiesta de maneras muy concretas, indicó de la Torre. Por ejemplo, cuando abrimos el celular sin razón aparente, cuando no podemos ver un video completo sin saltar a otro, cuando sentimos ansiedad si no hay estímulos inmediatos o cuando nos cuesta terminar tareas simples porque nuestra atención se dispersa con facilidad. También aparece en la dificultad para tolerar silencios o momentos de espera, en la sensación de inquietud permanente y en la incapacidad de realizar actividades prolongadas sin buscar interrupciones externas. El “popcorn brain” hace que actividades normales —leer, conversar o trabajar sin distracciones— se perciban aburridas o “planas” frente al ritmo digital. “La ansiedad frente a la calma no aparece por casualidad, sino porque el sistema nervioso se adapta a vivir en un nivel alto de estimulación. Cuando el entorno se vuelve silencioso o lento, el cerebro interpreta ese



