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Cuando las luces finalmente se apagaron, los corazones del público se detuvieron y la música empezó a sonar, la esbelta e icónica figura de Dua Lipa comenzaba a asomarse bajo los reflectores y efectos visuales de su escena. Esperé varios años para este momento. No había forma de materializar el revuelo de mariposas que recorría todo mi sistema nervioso.

Rodeada de bailarines, con el ritmo de sus canciones a tope y esa energía que nunca sale de su cuerpo, Dua recibió a su público limeño como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos estado esperándonos mutuamente por un largo aliento, hasta que por fin nos llegamos a encontrar.

¿Cómo no quererla? Si además de su desbordante talento y su imponente belleza es una artista dedicada a quienes hacen posible que estos encuentros ocurran. ¿Cómo no tirarse a sus pies? Si se tomó el tiempo y la delicadeza de conversar y abrazar a quienes habían estado por horas atrincherados en la primera fila solo para conseguir respirar cerca de ella. ¿Cómo no quererla? Si cada noche se aprende una canción diferente en un idioma que no es el propio, solo para sentirse más cerca de sus fans.

El setlist fue perfecto. La elección de canciones atravesó todas las etapas de su música, desde su primer album con ‘Be The One’ hasta su más reciente hit ‘Houdini’. El estadio San Marcos se incendió de peruanidad cuando, después de un emotivo discurso en español, hacía su aparición el legendario Mauricio Mesones: un ícono de la música nacional.

Ver a tu artista favorita cantando en tu idioma no tiene precio. Ser testigo en vivo del trabajo y esfuerzo que hay detrás de un show del nivel que trajo Dua Lipa es incomparable. Tratar de explicar ese sentimiento no tiene sentido: es algo que muchos no entenderán. Y es nuestro, y es perfecto.

La piel de gallina me durará, seguramente, varios días más. Pero los videos, los recuerdos y el corazón (y la garganta) que me dejé en el estadio quedarán para siempre.

Gracias, Dua.



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