miércoles, 18 marzo, 2026
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A Guillermo Novellis, voz y rostro de La Mosca Tse Tse, la vida lo puso muchas veces frente a una disyuntiva: los fines de semana son para la familia y los amigos, pero también para los escenarios. Desde mediados de los noventa, cuando la banda irrumpió con ritmos festivos y coros que se volvieron inevitables, supo que el compromiso iba más allá de componer canciones, sino perderse bodas, cumpleaños y aniversarios para entregarse a los conciertos.

Los festejos siempre caen en fines de semana, cuando no estoy. A veces envidiaba a mis amigos que compartían un asado familiar mientras yo estaba de gira”, recuerda Novellis.

Guillermo Novellis, líder de La Mosca Tse-Tse, reflexiona sobre la nostalgia y la conexión con el público peruano tras el concierto de Fito Páez en Lima. (Foto: Difusión)

Guillermo Novellis, líder de La Mosca Tse-Tse, reflexiona sobre la nostalgia y la conexión con el público peruano tras el concierto de Fito Páez en Lima. (Foto: Difusión)

Más de tres décadas después, el cantante mira hacia atrás sin remordimientos. El camino fue exigente, lleno de giras y compromisos, pero también gratificante. “Este trabajo demanda mucho compromiso, tiempo, giras. Lo hemos asumido con entusiasmo. Ahora ya podemos darnos el tiempo de ir a comer un asado con la familia”, comenta.

Esa madurez también se traduce en la libertad de aceptar proyectos que le resultan cercanos. Así sucedió con el 25 aniversario de Los Hermanos Yaipén, cita que unió a dos tradiciones musicales distintas pero complementarias: la cumbia peruana y el pop festivo argentino. “Son una institución en la música, algo que cualquier país se sentiría orgulloso de decir que los tiene. El nexo con ellos es algo difuso, pero si nos llaman, nosotros vamos; no hay forma de decirles que no”, asegura Novellis.

Guillermo Novellis, vocalista de La Mosca Tse-Tse, celebra en Lima los 25 años de Los Hermanos Yaipén y reflexiona sobre la conexión con el público latinoamericano. (Foto: Difusión)

Guillermo Novellis, vocalista de La Mosca Tse-Tse, celebra en Lima los 25 años de Los Hermanos Yaipén y reflexiona sobre la conexión con el público latinoamericano. (Foto: Difusión)

Dueños del show

El secreto de La Mosca está en su capacidad para transformar cada concierto en una ceremonia de complicidad. Desde el inicio, su espectáculo convoca al público: coros colectivos, bailes improvisados, coreografías con los brazos. No hay lugar para la pasividad. “Lo más importante es conectarnos con el público. Vincularnos es escencial; sin ella, un concierto no se completa, no podemos ser La Mosca”, afirma Novellis.

Esa actitud también se refleja en la forma en que abordan sus canciones. Ningún tema suena hoy igual que hace veinte años, incluso hay variaciones dependiendo del ánimo del público. “Las canciones son como parejas: con el tiempo descubrís detalles nuevos, cambia la interpretación, se hacen amigas de uno”, explica el cantante. Así, Te quiero comer la boca o Todos tenemos un amor adquieren matices distintos en cada show, donde la letra cambia de significo entre padres e hijos.

Ese vínculo directo contrasta con la cada vez mayor costumbre de ver los conciertos a través de un celular, un debate que en Lima resurgió tras la reciente presentación de Fito Páez. “Así la gente se pierde su propia vida, aunque respeto la libertad de cada uno. Todo aparece después en YouTube, filmado profesionalmente -menciona Novellis-. Es un signo de estos tiempos: queremos eternizar lo que vemos desde nuestro punto de vista. Pero quienes crecimos sin tanta tecnología disfrutamos más del mundo real”.

Para él, la vigencia de La Mosca se sostiene en esa premisa: conservar la frescura del momento. “Nunca fuimos conservadores, aunque a veces lo parezca por la edad. Nuestro repertorio tiene de todo: reggae, pop, rock, hasta tango. Eso nos mantiene creativamente entretenidos y evita que nos aburramos, y también al público”, asegura.

La Mosca, sin embargo, no reniega de su tiempo. Asumen la mezcla entre tradición y actualidad, aunque saben que al público le cuesta abrazar canciones nuevas con el mismo fervor que los hits. “Ver la cara de felicidad de la gente cantando es impagable. Cada concierto es como una ceremonia religiosa, y las canciones son nuestra ofrenda”, concluye Novellis



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