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La pandemia, sin duda, marcó una nueva era para la asistencia a pacientes, donde la inmovilización social limitó a las personas a acercarse a las consultas ambulatorias en búsqueda de especialistas.

Si querían consultar, por ejemplo, una otalgia o dolor en el oído secundaria a una infección del conducto auditivo, solo podían hacerlo a través de las pantallas. En este caso, el otorrinolaringólogo pedía que comentemos nuestras dolencias, además de indicarnos que nos toquemos el pabellón auricular y mostremos la zona por la cámara para descartar inflamación o irritación.

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Otras especialidades también se adaptaron, como la neumología, en la que no solo teníamos que toser frente al celular o la computadora, sino también describir nuestros episodios de eliminación de secreciones (esputo), detallando su coloración, viscosidad y si presentábamos o no dificultad respiratoria.

La telemedicina se consolidó como una alternativa útil para orientar diagnósticos y ajustar tratamientos a distancia.

La telemedicina se consolidó como una alternativa útil para orientar diagnósticos y ajustar tratamientos a distancia.

En el área de dermatología, podría sonar más sencillo, pero el envío de fotografías debía ser de alta calidad para que el especialista pudiera determinar el color, tamaño, bordes, relieve y aspecto de cualquier lesión sobre la piel, así como las molestias asociadas, con o sin dolor o picazón dérmica. Todo un reto para lograr un diagnóstico correcto.

Las patologías de orden hormonal, vistas por un médico internista, endocrinólogo o ginecólogo, requerían complementarse con análisis de sangre tomados ambulatoriamente. A veces, era necesario coordinar visitas a domicilio para la extracción de la muestra. Luego, con los resultados, se revisaba la medicación en una segunda cita virtual con el especialista, procurando que todo ocurriera a tiempo para no retrasar la atención. En esos tiempos pandémicos, con listas de espera de 30 días o más, esto era todo un reto que exigía paciencia para quien necesitaba un consejo o receta médica.

Meses antes de la pandemia por la COVID-19, ya se había sugerido que las videollamadas se usaran con mayor frecuencia para facilitar la asistencia médica en general. Sin embargo, un grupo de médicos y políticos se opuso, argumentando —con razón en parte— que el especialista debía ver y estar presencialmente con el paciente para escuchar y observar en directo los signos y síntomas. Esto, aunque válido, muchas veces significaba perder tiempo en casos menos complejos.

Los temas más urgentes podían y pueden ser atendidos de inmediato en clínicas u hospitales, pero la experiencia de la pandemia demostró que muchas consultas pueden resolverse virtualmente. Así, en este semestre del año 2025, es común que pacientes y médicos conversen vía Zoom, FaceTime o por teléfono para recibir orientación.

Cómo pasa el tiempo, ¿no es así? Siempre creeré que una llamada o videollamada ayuda mucho, sobre todo para reducir el nivel de estrés antes de acudir presencialmente a una cita o control con nuestros médicos o especialistas de confianza.



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