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A Celso Garrido-Lecca lo despidió el silencio. Ese mismo que tantas veces interrumpió con trombones, charangos, quenas y violonchelos en guerra amistosa. Desde aquellas primeras clases con Rodolfo Holzmann en el Conservatorio Nacional de Música del Perú, hasta su formación con el holandés Free Focke en Santiago de Chile, Garrido-Lecca podía pasar de estudiar las estrictas estructuras del dodecafonismo a dejarse arrastrar por la melodía de una zampoña andina.

Chile lo acogió durante su juventud, y ahí encontró no solo un escenario académico, sino también el pulso de la calle y de la canción comprometida. Se vinculó con la Nueva Canción Chilena, trabajó con Víctor Jara, compuso arreglos para Inti-Illimani y se acercó a Violeta Parra. “Vamos por Ancho Camino” y “Brigada Ramona Parra” llevan su huella. Era la década del 60 y él ya buscaba una música que hablara de identidad.

Pero el golpe militar de 1973 lo obligó a volver al Perú. En Lima, su respuesta fue seguir creando: Donde nacen los cóndores (1976) inauguró la idea de una cantata popular peruana; “Retablos sinfónicos” y “El movimiento y el sueño” reafirmaron que lo académico podía nutrirse del canto popular sin perder fuerza. También lo suyo se extendió como maestro: siendo director del Conservatorio Nacional (1973-1979) impulsó el primer taller de música popular del país, rompiendo protocolos y prejuicios.

Vanguardia musical

Garrido-Lecca fue un pionero. No solo introdujo en el Perú las técnicas de atonalismo y dodecafonismo en los años 50, sino que defendió, contra modas y ortodoxias, que nuestra música académica debía alimentarse de las tradiciones populares. Así surgieron obras como Antaras, inspirada en las escalas prehispánicas que estudió junto a José María Arguedas; Intihuatana, exploración tímbrica y estructural; la Sinfonía n.º 2 Introspecciones; Laudes I y II; o su Concierto para guitarra y orquesta.

Fue un creador de puentes: entre la poesía y la música —con textos de Vallejo, Martín Adán, Borges o Salazar Bondy—, entre la sala de conciertos y la plaza pública, entre la disciplina académica y la improvisación popular. Sus contactos con Aaron Copland, Pierre Boulez o Luigi Nono lo mantuvieron en diálogo con la vanguardia internacional, pero sus obras siempre sonaron a esta parte del mundo.

Celso Garrido-Lecca: Un compositor universal

Celso Garrido-Lecca: Un compositor universal

La lista de reconocimientos también es larga. Premio Iberoamericano Tomás Luis de Victoria (2000), Orden de Bernardo O’Higgins (Chile, 1997), doctorados honoris causa en la Universidad Nacional de Ingeniería y más. Pero él prefería hablar de música peruana antes que de medallas. “Si no nos nutrimos de lo popular, lo único que estamos haciendo es repetir las viejas formas europeas”, dijo en entrevista con El Comercio en 2015.

Diez años después, Celso Garrido-Lecca murió a los 99 años, poniendo fin a casi un siglo de vida y creación. “La música es memoria y futuro”, solía decir. En su caso, la frase cobra mayor sentido: quedan sus composiciones, sus grabaciones y un mensaje que hoy suena como una regla para entender los fenómenos musicales contemporáneos, donde lo popular y lo formal pueden unirse para crear algo más grande que la suma de sus partes.



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