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Explicar el vacío de los soldados en la revolución o el coste del supuesto progreso chino le ha valido a Yan Lianke (Henan, 66 años) el sobrenombre de “el escritor chino sin miedo”. En castellano, sus libros El sueño de la aldea Ding —sobre la insaciable avaricia del hombre—, Duro como el agua —una sátira sobre la revolución— o Los besos de Lenin —la perdición de una aldea ante las promesas de un futuro glorioso— han sido publicados por Automática Editorial. Galardonado con premios internacionales como el Franz Kafka, ha sido nominado en dos ocasiones al Man Booker International y propuesto al Nobel y al Princesa de Asturias.

En el epílogo de El sueño de la aldea Ding pide perdón a los lectores por causarles dolor.

En China se vivía la felicidad del desarrollo. Mucha gente no era consciente de que había otros pasándolo mal por una epidemia de sida, la que retrata el libro. La literatura china, durante mucho tiempo, se ha ocupado de los aspectos positivos, ha sido como un canto a lo bonito de la sociedad.

¿Por qué es importante sentir el dolor?

Había muy poca literatura prestando atención a los problemas que atravesábamos. Esas realidades estaban ocultas. Por eso a los lectores chinos El sueño de la aldea Ding les resultó increíble. Les escribí un epílogo pidiendo perdón por interrumpir su felicidad.

¿Tacha de escapista la literatura de premios Nobel chinos como Gao Xingjian o Mo Yan?

Mo Yan escribe con bran belleza. Y hay que entender que su situación en China es compleja. No se puede pedir a todos los escritores que aborden de una forma tan directa la realidad.

¿Qué le impulsó a usted a hacerlo?

Me exijo el mayor esfuerzo posible para intentar contar la verdad. Creo que si no se puede decir la verdad, como mínimo, no se deben contar mentiras.

¿Ha pagado un precio por decir la verdad?

Ser un escritor polémico tiene consecuencias: no poder publicar en China. Mucha gente considera que no soy buena persona. Internet está lleno de insultos hacia mí. Me consuela que hago lo que creo que debo hacer y que puedo vivir en Pekín. En China hay muchos escritores que para poder ganarse la vida han renunciado a parte de su independencia.

¿Usted lo hizo al principio de su carrera?

Cuando comencé a escribir, mi objetivo era llenarme el estómago. Poder comer. Y también escapar del campo.

Hoy escribe sobre el miedo.

En China toda la sociedad vive envuelta en miedo y ansiedad.

“Todos en China tenían miedo: los pobres, a la incertidumbre, y los ricos a perder la comodidad porque saben que su dinero no procede del trabajo duro”.

Quienes tienen dinero temen perderlo. Y quienes no, están preocupados por el futuro de sus hijos. Hay también un miedo que comparten ricos y pobres: el miedo a los pesticidas, el miedo al aire que respiramos.

¿La contaminación y la insostenibilidad son especialmente preocupantes en China?

Nos preocupa la seguridad alimentaria. En los periódicos leemos sobre intoxicaciones. Cada año, el 15 de marzo, la televisión organiza una gala para luchar contra las falsificaciones de productos. La mayoría de las falsificaciones se da en productos de alimentación. Se han encontrado pesticidas en licores, en carnes…

Se pregunta hasta dónde es capaz de llegar el hombre por dinero.

En los años noventa, el desarrollo en China fue tan desaforado que llevó a la gente a hacer cualquier cosa por dinero. En El sueño de la aldea Ding venden sangre, los árboles del pueblo y, finalmente, bodas para niños que están muertos. Mi propio hermano y otras personas salían por la mañana con un tractor y regresaban cargados de troncos. En China se ha dado siempre mucha importancia a los árboles que se plantan y ellos…, bueno…, acabaron con todos. La gente robaba los cables del tendido eléctrico, robaban las tapas de las alcantarillas. El desarrollo económico desató la codicia.

¿Lo que cuenta en sus novelas está basado en datos reales?

Todo es real.

¿Se organizan bodas para niños muertos?

Hay gente que paga por ese servicio. Sobre todo en las zonas rurales. Es cultural. Se trata de reparar en otra vida lo que no se ha podido hacer en esta.

Yan Lianke, en la Casa Asia de Barcelona durante la entrevista.

¿Qué causa más dolor: la búsqueda del beneficio económico, la familia…?

A mí lo que más me preocupa es la posibilidad de perder la esperanza. Durante los casi 40 años del proceso de apertura y reforma de China han surgido problemas. Pero en todo momento la gente ha abrigado esperanza, confianza hacia la vida. Creo que hoy se ve mermada.

¿Por qué?

En China cada año hay 10 millones de licenciados universitarios que temen por su futuro. El mercado laboral está colapsado. La oficina oficial de estadística publicaba cada año las cifras del paro. A principios de 2024 dijo que no iba a seguir haciéndolo. Esa falta de información inquieta a la gente. La economía china se ha visto muy afectada por los tres años de pandemia. La gente está también preocupada por las declaraciones que el Ministerio de Asuntos Exteriores hace casi a diario con respecto a Taiwán. Estamos preocupados por si hay un conflicto.

¿Qué les preocupa?

Que China pueda quedar aislada en el mundo. Pienso que la mayor estupidez que podría hacer el planeta sería hacer de China un país enemigo. Se ha sobrevalorado enormemente nuestro poder económico y, con eso, la idea de que China pueda ser una amenaza para el mundo. Me gustaría que Europa entendiera que China es un país de 1.400 millones de personas, representa una sexta parte de la humanidad. Cualquier decisión que se tome puede acarrear consecuencias muy duras para todas esas personas.

¿Qué es Duro como el agua, la revolución china o el amor de los protagonistas?

En China hay un dicho: la gota de agua atraviesa la piedra. Esa es la idea de la novela: el amor —que puede parecer poca cosa— puede atravesar la revolución.

El libro ridiculiza la revolución. Los protagonistas cantan himnos mientras mantienen relaciones sexuales.

La novela pretendía deconstruir un modelo de novela socialista que llamamos novelas de amor y revolución.

Curiosamente, esa sátira sobre la revolución sí pasó la censura.

Sí, no fue censurada como otros libros míos, pero sí se prohibió que se hiciera promoción. Y ahora, que está agotada, no se puede reeditar. En realidad, El sueño de la aldea Ding también llegó a publicarse en China, pero se retiró de las librerías al cabo de tres días.

Como casi todos los hombres de su generación, estuvo mucho tiempo en el ejército.

Escribía discursos para los altos cargos en el departamento de propaganda.

¿Qué le llevó de trabajar para un Gobierno corrupto a describir la revolución como ridícula?

Las novelas que escribí al principio eran de romanticismo y heroísmo revolucionario. Era lo que conocía, lo que había leído. Lo hacía por gusto. Y por no saber más.

¿Cómo cambió?

Durante la guerra fronteriza entre China y Vietnam, en 1979, me di cuenta de que la actitud de los soldados hacia la guerra no era la que describían esas novelas que había leído y que escribía. Los personajes de las novelas están entregados a la patria y a la revolución. En la vida real, la gente teme la guerra. Lo que ansía es la paz.

El protagonista de Duro como el agua se pregunta si la revolución ha sido en vano. ¿Qué piensa usted?

La revolución china es un tema largo y complejo. Todas las revoluciones son terribles. Quiero creer que la humanidad tiene otras formas de conseguir progresar. El progreso de la humanidad no puede depender de la destrucción. Los últimos 100 años de historia en China han sido 100 años de revolución.

¿Y de destrucción?

Sí. Cuestiono la necesidad de destruir lo viejo para construir lo nuevo. Ninguna de esas revoluciones ha llevado el progreso a China, donde la historia parece dar vueltas en torno a un círculo sin avanzar. Lo que más admiración merece son los últimos casi 40 años de apertura y desarrollo. Eso nos ha permitido arrinconar la revolución y acercarnos al resto del mundo.

También es crítico con el capitalismo desenfrenado que ha traído la reconexión internacional.

Como escritor, uno debe estar alerta. Admiro el proceso de apertura y reforma en China. Pero me parece criticable el desarrollo ciego y sin límites que se está dando y sus efectos en el medio ambiente y en la vida de las personas.

¿Todavía está prohibido tener más de un hijo?

No. Hoy puedes tener hasta tres.

Describe la estrecha relación entre revolución y corrupción.

El objetivo de la revolución no es hacer las cosas bien, es llegar al poder. Lo que buscan no es mejorar la sociedad, buscan beneficiarse. La actitud que busca el provecho propio existe entre los funcionarios chinos. Es el motivo por el que China, que es un país que lucha contra la corrupción, continúa envuelta en escándalos: los que llegan al poder piensan sobre todo en sí mismos. En la revolución, o derrotas o te derrotan. Si le das un respiro a tu enemigo, recompondrá sus fuerzas y caerá sobre ti.

¿Creer que las cosas pueden cambiar mueve a las masas?

Creo que las masas se mueven ciegamente. En gran medida, se movilizan por un interés propio. No tienen ideales.

En algunas de sus novelas adelanta lo que está ocurriendo con las redes sociales: se fabrican falsos testimonios.

Sucede en todo el mundo. Y no es nuevo. En España ocurrió durante la Guerra Civil. Durante la Revolución Cultural china, la denuncia por parte de conocidos fue muy habitual.

¿Qué nos hace manipulables?

El miedo. Y esa parte más oscura de nuestra humanidad nos puede hacer también manipuladores. Durante la Segunda Guerra Mundial mucha gente se movió por miedo. La Revolución china repitió ese patrón.

Carl Sagan escribió: “Si nos han engañado el tiempo suficiente, tendemos a rechazar la evidencia de ese engaño”.

Estoy de acuerdo. En China se ha promovido el olvido de muchas cosas que ahora, cuando se las contamos a nuestros hijos, no las creen. En tres años de hambrunas murieron entre 10 y 20 millones de personas. Ni siquiera conocemos las cifras. Eso la gente joven no es capaz de creerlo. Tampoco creen que, para poder hablar, tuviéramos que memorizar citas de Mao.

Lo cuenta en Duro como el agua.

Que la mujer de Mao escribiera óperas propagandísticas parece una sátira. Hoy se ve como algo exagerado, pero era la realidad. Abríamos cualquier conversación con un par de citas de Mao Zedong. Para nosotros era lo normal. Sucedía incluso en pequeños pueblos perdidos. En Año Nuevo, es habitual visitar a la familia y amigos para felicitarlos. Recuerdo que cuando íbamos a salir de casa para hacer esas visitas se nos recordaban las frases que debíamos citar. Se suponía que era por admiración. Los campesinos carentes de cultura que no sabían leer ni escribir simplemente obedecían.

“Ninguna medicina podría salvarnos”. ¿Ha vivido un amor así?

Tan cegador, no. Todos los escritores escriben sobre lo que no tienen en su vida.

Yan Lianke se despide al final de la sesión de fotos.

Muchos escriben sobre lo que han vivido.

Pueden darse los dos casos, sí.

¿El amor confiere valentía?

Da fuerza y sentido. Esa fuerza está en mis novelas. El amor puede darse entre un perro y su amo. Pero ya digo que escribo sobre cosas de las que carezco.

¿No tiene perro?

Sí tengo. Llevo teniendo más de 40 años.

Se nota. La fidelidad de los perros y la sabiduría de los ancianos son constantes en sus libros.

Soy un hijo del campo. En las zonas rurales chinas los ancianos son emblemas de sabiduría por todo lo que han vivido. Y por la experiencia que comparten.

¿No hay ancianos malos?

Por supuesto. Pero no es algo sobre lo que me interese escribir. Puedo escribir sobre jóvenes malos, pero sobre ancianos malos, no.

Concede poco espacio a la esperanza.

La esperanza es muy potente. Pero dura poco. Es cierto, tengo libros con muy poca esperanza. Coinciden con los momentos en que he estado peor.

¿Qué le pasó?

Con 31 años tuve un grave problema de espalda. Lloraba de dolor. El libro Días, meses, años lo escribí tumbado en una cama. La escritura me ha servido para afrontar miedos.

¿Qué permite a una persona resistir? ¿Aceptar los límites? ¿No esperar nada?

Ser honesto.

¿Qué es para usted una buena vida?

Encontrar un lugar tranquilo en el que poder leer y escribir alejado del ruido del mundo.

Un clásico universal.

Sí. El ruido del mundo nos atrae y nos expulsa por igual. Si volviera a mi pueblo, la vida se me complicaría. Allí me conoce todo el mundo. Y todos me pedirían ayuda para todo.

En Pekín, ¿vive en un piso?

Sí. Con mi esposa. Ella era telefonista y se jubiló.

Da clase de escritura en la Universidad Popular. ¿Cómo ve a los jóvenes?

Hoy muchos no quieren casarse ni tener hijos. Creo que si fuera joven yo tampoco me casaría ni tendría hijos. La vida está llena de presiones que deberíamos tratar de evitar.

Siempre habla de relaciones entre hombres y mujeres. ¿La homosexualidad está perseguida?

Para mucha gente sigue siendo tabú. Aun así, hoy se habla más de estos temas. Sobre todo en las grandes ciudades.

¿Cómo era la casa de su infancia?

De adobe. Ya ha sido destruida.

¿Sus padres llegaron a leer alguno de sus libros?

Mi padre murió hace mucho. Y mi madre era analfabeta.

Yan Lianke se detiene. Su intérprete, Belén Cuadra Mora, murmura que la madre del escritor ha muerto hace poco. Me doy cuenta de que Lianke llora muy silenciosamente porque a la propia intérprete se le aguan los ojos en un ejercicio de simbiosis difícil de describir. “Sé que lo ha pasado muy mal. Y me da mucha pena”.

¿Qué aprendió de su madre?

Cómo hay que vivir. Asumía las dificultades sin dramatismos. Cuando entré en el ejército y pude enviar dinero a casa, ella me decía que no hacía falta. Que vivía muy bien. Eso sí…, le entristecía que yo hubiera escrito libros que ella no podía leer. Eso nos apenaba a los dos. Cuando regresaba de viaje, siempre quería ver las fotos de donde había estado. Quería saber cómo eran los lugares donde ella nunca estaría. Cuando tenía 80 años la llevé a Hong Kong. Le encantó. Quise llevarla a Taiwán, pero ya tenía muchos problemas de salud. No pudo ser.



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