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El artista libanés Tarek Atoui, en su estudio de Paris, en noviembre de 2024.

Es el hombre que hace sonar el bronce, el textil, la piedra, la arcilla y las ramas de los árboles. Tarek Atoui (Beirut, 1980) descubre el sonido de todo lo que se cruza en su camino: instrumentos de fabricación casera, láminas de metal y cuencos de barro, vasijas llenas de agua o vinilos que giran incansablemente en un tocadiscos de cerámica. “Si escuchas una canción de los Beatles en un altavoz subacuático, tendrá un sonido diferente al de un transformador en tu casa. No será mejor ni peor, pero logrará transportarte a nuevos lugares”, dice Atoui, silueta alargada envuelta en una manta bereber. Se encuentra en su estudio en París, una inmensa planta baja situada en un barrio alejado del circuito turístico, llena de obras que están a punto de emprender su propio viaje, justamente, a varios puntos del mundo, ya que Atoui está exponiendo por todo el planeta: Italia, Austria, Estados Unidos, China y, por primera vez, Madrid.

El sonido es el protagonista de su muestra At-Tāriq en el Museo Thyssen-Bornemisza, impulsada por TBA21, la fundación de Francesca Thyssen. El título, que significa “el que viene de la noche” o “la estrella de la mañana”, se ajusta bien a la personalidad de un creador que, tras un largo periodo en la sombra, lleva años indicando nuevos y estimulantes caminos en el arte contemporáneo. Esta muestra, apasionante y bastante exótica en el paisaje madrileño (y más allá), es el resultado de un proyecto de investigación de tres años sobre las tradiciones musicales rurales del mundo árabe y bereber en las antiguas rutas subsaharianas de peregrinaje y comercio.

Vista de la exposición 'Tarek Atoui. At-Tariq', en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.

Atoui ha convertido el sótano del Thyssen en una sucesión de majlis, los tradicionales espacios de encuentro de las culturas del norte de África y Oriente Medio, donde se recibe a los invitados, se debate hasta altas horas, se interpreta música y se declama poesía. Es una ventana abierta, en pleno Paseo del Prado, a las tradiciones de las montañas del Atlas. Cada majlis, delimitado por butacas, alfombras, cerámicas, piezas de bronce e instrumentos como los doun-douns —o tambores de madera y piel de vaca—, es un entorno sonoro donde se escuchan grabaciones de archivo del norte de África, cedidas por músicos locales, mezcladas con música electrónica contemporánea. Todas ellas crean un paisaje auditivo que nos lleva a un particular espacio de atención y escucha, si es que no osamos llamarlo trance. En una mañana de sábado invernal, algunos visitantes escuchaban con la mirada perdida, como si hubieran dejado el cerebro en blanco. Otros preferían dormitar.

Para Atoui, la música tradicional no es un vestigio del pasado, sino algo vivo y en constante transformación. Su trabajo busca desdibujar la frontera entre lo antiguo y lo nuevo, usando las tecnologías digitales para dialogar con lo ancestral. Formado como músico en la ciudad francesa de Reims, el artista llegó a la investigación sonora a través del tecno. “Crecí sin educación musical, en un país en guerra civil, donde lo único que importaba era sobrevivir”, puntualiza. Se acercó al arte al darse cuenta de que su forma de componer era más conceptual que técnica, más cercana a sus amigos que estudiaban Bellas Artes que a los que lidiaban con el solfeo y la armonía. Cuando se levanta, pasa una hora pinchando en su casa. “Lo hago como ejercicio diario, como alguien que toca un instrumento. En el fondo, pinchar es una práctica de collage”. De esa superposición de sonidos surgen ideas para su arte. Y Atoui logra preservar así la plasticidad de un cerebro muy dotado para las combinaciones tan imposibles como virtuosas.

“Ir al museo para pasar menos de media hora es una pérdida de tiempo, casi es mejor no ir. No es una cuestión de respeto a la obra, sino a uno mismo”

Sus influencias son conocidas: la música espectral de Ligeti, la revolución de John Cage, gracias al que ahora sabemos que todo sonido es música (y viceversa), o el “cine para el oído” que aspiró a componer Parmegiani. También la escucha profunda de Pauline Oliveros, con quien Atoui colaboró en el proyecto Within, que proponía instrumentos y técnicas de interpretación para un público sordo. En otro de sus trabajos más conocidos, The Reverse Collection, Atoui invitó a músicos a tocar instrumentos desconocidos en el Museo Etnológico de Berlín-Dahlem, mientras que en The Whisperers realizó una serie de obras inmersivas con niños de preescolar.

Su llegada a la primera división del arte no tuvo lugar hasta 2019, cuando fue seleccionado para la Bienal de Venecia, en la desordenada edición de Ralph Rugoff, donde presentó The Ground, gran instalación con instrumentos fabricados por Atoui que interactuaban para crear paisajes auditivos. Luego la compró el coleccionista François Pinault, que la expuso durante meses en su fundación privada en París, la Bourse du Commerce. “Venecia fue un gran paso. Ya tenía el reconocimiento en el mundo del arte, pero me permitió reafirmarme, crear una cosmogonía o un ecosistema propio”, confirma el artista. Hay algo de la herencia revolucionaria del arte povera en su lenguaje, una suposición que le hace sonreír: objetos cotidianos e informales que, dispuestos en algo parecido a un environment, alteran la naturaleza del espacio en el que nos encontramos, o por lo menos su percepción.

Una de las obras de su exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza, impulsada por la fundación TBA21.

A diferencia de otros artistas de su disciplina, Atoui no cree que el sonido siga siendo el primo pobre de las artes plásticas. “El arte sonoro está por todas partes, ya nadie lo pone en duda. Ahora la asignatura pendiente es la capacidad de escucha”, asegura. Es decir, cómo lograr que el visitante supere su déficit de atención y acepte interactuar con una exposición como lo suya. No elude la responsabilidad del artista y de la institución. “¿De qué forma creas algo que sea un poco hospitalario? ¿Dónde invitas a la gente a sentarse y en qué posición colocas sus cuerpos? ¿Cómo creas un espacio que rompa con la temporalidad habitual?”. ¿No defenderá este iconoclasta el trillado elogio de la lentitud que llena todas las bocas? “No, también me gusta que las cosas vayan rápido. Pero se trata de favorecer que el visitante sea receptivo. Ir al museo para pasar menos de media hora es una pérdida de tiempo, casi es mejor no ir”, responde. “No es una cuestión de respeto a la obra, sino a uno mismo”.

Para Atoui, el sonido tiene “una poderosa capacidad de abstracción y de federación”. “En estos tiempos tan difíciles que atravesamos, la música se vuelve esencial. Lo sé porque vengo del Líbano y de otros lugares en crisis”, afirma. Recordamos los himnos de las revoluciones burguesas, los cánticos en los pubs durante el blitz londinense, las canciones de lamento durante la guerra de Biafra. Y, de repente, esta exposición en Madrid cobra el aspecto de espacio seguro, como si fuera un refugio a salvo de todo. “Sí, está pensada como una inmersión en un momento que escape a todas las preocupaciones”. Nada menos.

‘At-Tāriq’. Tarek Atoui. TBA21. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 18 de mayo.



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