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Resiliencia era la palabra que más sonaba la mañana del viernes en Casa Centroamérica, una organización que en México ayuda a personas exiliadas de esa región golpeada por la violencia, la inestabilidad política, la pobreza y gobiernos totalitarios. Resiliencia porque fue presentado un estudio que ahonda en la vida de esta diáspora que intenta comenzar de cero tras haberlo dejado todo en sus países y que se han topado con un México donde es difícil integrarse a la vida laboral, buscar opciones de estudio e incluso regular su situación migratoria. “El primer año estuve haciendo lo que caiga, limpieza, cuidado de niños. La paga es poca, y no está uno acostumbrado al trabajo físico. Todo esto son golpes que agravan en lo que uno se adapta. Hay momentos en que uno siente que no va a poder”, asegura uno de los testimonios del estudio, que muestra que el 54% de las personas centroamericanas que se han desplazado a México son mujeres y el 30% de ellas lo han hecho por persecución política en sus países de origen.

El informe, titulado Caminos compartidos, se basa en un diagnóstico de experiencias personales rescatadas a partir de talleres participativos, entrevistas semiestructuradas y un cuestionario dirigido a personas centroamericanas que residen en México. “Entre quienes han tenido que exiliarse debido a amenazas de muerte, persecución legal sin fundamento y criminalización se encuentran personas defensoras de derechos humanos, periodistas, activistas contra la impunidad y operadores de justicia con quienes se trataba de develar las redes de corrupción en sus países”, narra el estudio. Los autores tomaron como centro del análisis a personas originarias de Centroamérica, que se desplazaron y residen en México. “Se eligió este grupo debido a la ausencia de investigaciones recientes que profundicen en las experiencias de quienes se han exiliado por razones principalmente políticas, pero también económicas o sociales, destacando los retos que enfrentan para reconstruir sus vidas en México”, alerta.

Los datos se basan en un cuestionario que tomaron 219 personas que cumplían con los criterios de selección de los investigadores, más otras 30 que participaron en los talleres. “Todas las personas comparten la condición de estar exiliadas en México”, afirman los organizadores. El estudio muestra que del total de participantes en el cuestionario, el 54% son mujeres y el 43% hombres. El 65% tienen entre 26 y 45 años, es decir, que es una diáspora joven, en plena edad laboral, y con un nivel alto de educación, ya que la mayoría, el 30% cuenta con una licenciatura, el 24% con maestría y el 11% solo cuenta con estudios de secundaria o su equivalente. Estos exiliados residen en 26 de los 32 estados federativos y de ellos 45% en Ciudad de México, 11% en Chiapas y 7% en el Estado de México. Sobre el origen, la mayoría son de Guatemala (25%) y El Salvador (25%). Le siguen Honduras (19%), Nicaragua (17%) y Costa Rica (12%).

El estudio ahonda en los motivos de desplazamiento. Los tres principales motivos que los encuestados señalaron son estudios (17%), motivos laborales (16%) y persecución (15%). En cuarto lugar, está el temor a la persecución política (13%), mientras que ocho indicaron como motivo la situación de violencia, siete por violencia intrafamiliar y de género. “Cabe destacar que las personas que vinieron a causa de persecución en su país y las que vinieron por temor a persecución, suman el 28% del total”, advierten los autores del estudio. Sonja Perkič-Krempl, coautora del estudio, ha afirmado de que el exilio centroamericano tiene “cara femenina” y que el 30% de ellas han dejado sus países por la persecución política o la violencia.

Perkič-Krempl ha hecho hincapié en los problemas psicológicos que ha generado el exilio en estas personas, una “tensión constante”, ha dicho, “entre de dónde soy, estoy aquí, pero soy de allá”. Los expertos analizaron el impacto de la separación familiar y del desplazamiento, “lo que genera un profundo sentimiento de pérdida y de nostalgia”, ha afirmado Perkič-Krempl. Luego está la violencia que también afecta a los migrantes en territorio mexicano. “En Oaxaca te ven mujer con una niña, y por tener acento centroamericano te ofrecen trabajo en el prostíbulo y si no andas pisto (dinero) te montan en un taxi y ya no apareces”, asegura uno de los testimonios.

Algunos de los centroamericanos también enfrentan el sentimiento de culpa. “Dicen: ‘Ah, yo aquí estoy ahorita a salvo, pero en el país quedó mi familia, en muchos casos en riesgo por el mismo motivo por el cual yo me tuve que desplazar y no los puedo ayudar”, ejemplifica la investigadora. Los exiliados se enfrentan también a una difícil burocracia que les complica validar sus carreras, continuar con sus estudios, encontrar trabajo, alquilar una casa o tramitar su estatus migratorio. A eso se suma la sensación de abandono, de no encajar, de no contar con grupos de apoyo, familiares o amistades. “Rehacer una vida es difícil. La de exiliado es una carga muy fuerte, porque choca con una dificultad de comprensión y empatía por parte de las personas mexicanas. También está caracterizado ese sentimiento de desconexión, que tiene un impacto muy fuerte en el bienestar físico y emocional. Son traumas que dejan efectos y secuelas en la salud, tanto física como mental”, ha explicado Perkič-Krempl. La también defensora de derechos humanos ha puesto como ejemplo a personas que durante las entrevistas aseguraron tener aún miedo cuando ven a un policía en México, por lo que estos exiliados necesitan apoyo psicológico para superar sus traumas. “Hay mucho dolor, pero también mucha resiliencia”, ha afirmado.



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