Donetsk es una ciudad gris que parece anclada todavía en la depresión postsoviética de los años noventa; una localidad de fábricas herrumbrosas y hogares que se caen a cachos, azotada por una grave escasez de agua corriente. Sin embargo, la vida regresa poco a poco a la urbe, que Ucrania no controla desde 2014 y Rusia se anexionó en 2022, a costa de que la guerra se desplace a otras ciudades de la región. En sus calles se ven más niños que hace unos meses y hay nuevos restaurantes en su casco histórico. Los vecinos de Donetsk no quieren escuchar nunca más un disparo, pero de momento es solo un sueño: nadie confía en el éxito de las negociaciones por un nuevo alto el fuego.
“Ahora es mucho más seguro vivir aquí, la gente está regresando”, opinan de manera unánime los vecinos de Donetsk, que suelen resaltar también con cierto punto de emoción la gran novedad de la ciudad desde hace algo más de un mes: “¡Tenemos atascos!”
El deseo de una vida tranquila une a todas las generaciones de Donetsk, pero también coinciden en que las conversaciones a tres bandas entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania serán “difíciles”.
Una abuela que pide no dar su nombre pasea a su nieto, recién nacido, por un parque del centro de Donetsk. “No sé qué decidirán”, responde con un suspiro, “pero quiero que haya paz, paz no solo en Donetsk, sino también en Kiev. Que haya paz en todos lados”. También piden anonimato dos estudiantes de 19 años sentadas en un banco cercano. Una de ellas no quería participar en la conversación hasta que rompe de pronto su silencio cuando se toca la posible tregua. “Quiero que todo se resuelva con la paz. No le deseo a nadie una guerra”, anhela tras contar su miedo con voz trémula. “Mi padre participó en la guerra. Ha habido negociaciones en cada batallón para no volver, en el suyo han protestado, y de momento no le han mandado al frente. No quiero que lo envíen [de vuelta a la guerra]”, explica la joven, que admite “ser pesimista” con el resultado de las negociaciones de paz.
Donetsk estaba muy cerca de la línea que separó a las tropas ucranias y las sustentadas por Rusia tras los acuerdos de Minsk, firmados en 2014 y 2015. Aunque las cifras de víctimas habían disminuido notablemente en los años previos a la guerra, según constató la misión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), seguían produciéndose algunos intercambios de fuego puntualmente entre ambos bandos que, desde la invasión rusa, se convirtieron en verdaderos bombardeos contra los núcleos civiles a los dos lados del frente.
Vladislav, de 25 años, pasea con su pareja. “Deseo la paz, naturalmente, pero de las negociaciones solo espero que por lo menos cesen los ataques contra los barrios, que por fin se pueda vivir con normalidad”, afirma.

Dos amigas de 27 años también pasean por el parque. Una embarazada, Eliota, y otra con un bebé de año y medio, Marina. “Esto no se resolverá fácilmente, no habrá una solución pronto”, piensa Eliota, que cree que no puede denominarse “específicamente rusa”. “Mi abuelo es ruso, mi padre es ucranio, me encantan las canciones ucranias”, dice esta profesora de artes marciales que apunta que “antes [de la guerra y la ruptura del país] todo estaba bien”.
“Todo esto se tenía que haber frenado en 2022. No habría muerto tanta gente, allí y aquí”, responde Eliota al preguntarle su opinión sobre Volodímir Zelenski, el presidente ucranio.
Los anhelos de los civiles difieren, no obstante, de los deseos de muchos militares. “Llegar hasta el final, por supuesto”, dice a este periódico Kirill, oriundo de Dnipró y veterano, rozando la treintena, tanto de la autoproclamada República Popular de Donetsk en 2015 como del ejército ruso en 2022 en el frente de Bajmut.
“Queremos Novorossiya”, apunta en alusión a un territorio denominado de esta manera por el sector ultrapatriótico ruso y que es todavía más extenso que el objetivo reconocido oficialmente por el Kremlin en las negociaciones. Para este militar, el avance ruso debería alcanzar también las regiones ucranias de Dnipropetrovsk, Mikolaiv y Odesa. A la pregunta de “¿Y Kiev?”, solo responde con una sonrisa.
Sin agua en la gran capital de los “nuevos territorios”
Donetsk vivió casi una década en un limbo hasta que Rusia se la anexionó sobre el papel en septiembre de 2022. Sin embargo, han pasado tres años y muchos servicios básicos siguen funcionando de una manera terrible por la guerra y por la escasa inversión rusa en la zona. Al mismo tiempo, los precios se han disparado al nivel de las ciudades más ricas de Rusia cuando el salario medio es apenas un tercio: unos 40.000 rublos, unos 440 euros.
Donetsk dependía del carbón, un sector que en la propia Federación de Rusia afronta una enorme crisis, y las empresas no se atreven a invertir en la zona al no ser reconocida internacionalmente ni siquiera por aliados como China. El principal servicio de taxis ruso no funciona allí, y el Google ruso, Yandex, no dibuja las fronteras nacionales para evitar molestar tanto a Moscú como a Washington.
La zona atraviesa una enorme crisis hidrológica desde que la guerra avanzó destruyendo todo a su paso. El agua corriente apenas llega a las casas y en todos lados almacenan cubos de emergencia junto a las duchas y retretes. Durante la época separatista [2014-2022] el agua seguía discurriendo desde las canalizaciones ucranias de Aguas de Donbás, pero la invasión ha arrasado con todo. Esto además afecta a la salinidad del mar de Azov y varios embalses corren el riesgo de sequía. Rusia ha construido algunas canalizaciones desde Rostov del Don para solucionarlo, pero no es suficiente.
“En el centro de la ciudad hay algo más de agua”, afirma Vladislav, “pero en otros distritos no llega. En algún lugar solo corre después de la hora de comer, en otros un par de horas por la noche”.
“Nuestras tuberías están muy oxidadas y el agua casi no llega a los pisos superiores”, señala Eliota, que apunta que los únicos barrios cómodos son los próximos a hospitales. “Es una cuestión de presupuesto”, añade.
“Es muy molesto”, denuncia la segunda de las dos estudiantes, que cursa diseño gráfico. “A mi casa llega una vez cada dos días durante un rato por la noche, y no tenemos agua caliente”, lamenta la joven, que aprendió la lengua ucrania hasta los 12 años: “Han quitado los libros de texto [en ucranio] y no se enseña en los colegios desde que somos parte de la Federación de Rusia. Cuando éramos una república independiente teníamos las dos lenguas”.
Eliota afirma que “hablar ucranio no está prohibido, pero hay gente que te mira raro”. La abuela, por su parte, admite que no sabe qué estudiará su nieto “porque todo cambia constantemente”. “Me crie en la Unión Soviética. Y yo estuve exenta de aprender ucranio en la escuela porque mi padre y mi madre eran rusos”, añade esta mujer desde el anonimato.
Todos coinciden, en cualquier caso, en que su futuro seguirá atado a Donetsk. “Nací aquí y no me fui a ningún lado, este es mi hogar”, repiten todos los entrevistados.