¡Somos cojudos!, grita Paolo directo a la cámara con una ira descomunal y ante la sorpresa del reportero, el camarógrafo y los millones de televidentes. Curiosamente, aunque solo el Depredador se atreve a decirlo, todos piensan lo mismo. Con 41 años y sabiéndose jubilado de cualquier oportunidad mundialista luego de la derrota de 1-0 en Venezuela, Guerrero se olvida de las declaraciones acartonadas y define, con en sus mejores tiempos, a la yugular. ¡Somos cojudos!, no nos pueden poner terna chilena, ¡no me jodan!… declara con ferocidad de metralleta y enseguida se sale de la toma. Ibáñez, que pareció ser el salvador de lo insalvable, atónito por la escena, transformará con el paso de los minutos su impotencia en resignación.
Perú ha perdido en Maturín. Acogotado por una sensación térmica superior a los 35 grados y apaleado por un arbitraje grosero del chileno Cristián Garay. La ira traducida en reclamo de Guerrero alude a la incompetencia de la Federación Peruana de Fútbol para anticiparse al riesgo de ser arbitrados por un réferi de una nacionalidad que coincide con un rival directo, Chile.
Los partidos, como aprendimos camino a Rusia 2018 y Qatar 2022, se juegan también en los escritorios. Por eso vemos a un Guerrero perdiendo los papeles. Es entendible, pero no es la razón de la eliminación emocional de esta selección.
La jerarquía que alcanzamos con Gareca se fue diluyendo a partir del 2022 por varios factores. Nuestras figuras envejecieron y con ello sus capacidades, es natural. El error fue sobrecargar esa pérdida gradual de talento con la contratación de entrenadores de estilos opuestos.
Así, tres años después, ya con la soga al cuello en las Eliminatorias, descubrimos lo bien que André Carrillo podía jugar de interior derecho, como organizador y generador de fútbol. O que somos más peligrosos jugando con extremos. O que ya no podemos confiarnos de Tapia. Desde la FPF se empeñaron en dinamitar lo poco bueno que quedaba. Y lo desperdiciaron.
Quizá por eso a Óscar Ibáñez no se le puede recriminar mucho. Él fue un error de cálculo, una moneda al aire, una acción desesperada con buenos resultados en circunstancias específicas: en Lima ante el rival más noble, Bolivia.
Ganar en Maturín, de visita, ante un Venezuela con mejores características de juego, suponía una mejor puesta en escena. Y un Perú que todavía depende de jugadores muy mayores que se agotan antes de los noventa minutos, no puede soñar en grande. No al menos por más de un partido y en un momento en el que solo vale el triunfo.
Con voluntad ya no alcanza
Por eso el milagro Ibáñez fue una ráfaga de ilusión inocente. El esfuerzo de figuras como Guerrero, Advíncula, Zambrano, Lapadula y Carrillo es para el aplauso, pero ya no para el triunfo.
Óscar, que ante Bolivia acertó incluso en las variantes, en Maturín no tuvo mucho para elegir y volvió apostar por los ingresos de Orejas y Quevedo, dos figuras que tocaron techo muy pronto.
El gol anulado a Bryan Reyna por una supuesta mano es discutible. Las continuas faltas a favor de Chile y el criterio desproporcionado del árbitro chileno en contra de Perú fueron evidentes. Ibáñez perdió en la cancha lo que Agustín Lozano no supo defender en mesa. Irónico teniendo en cuenta que hace ocho años fue un triunfo de escritorio lo que nos resucitó en las Eliminatorias.
El riesgo había sido medido en Videna, por eso lo de “técnico interino” para Ibáñez, un entrenador sin ningún mérito para asumir la selección peruana más que su conocimiento de camerino. Pero con ese conocimiento -en una situación tan crítica- solo puedes conseguir entrega, voluntad y compromiso. Difícilmente mejor fútbol.
Y más allá del árbitro, este Perú en Maturín no encontró nunca el camino con la pelota. Con Carrillo no alcanza, menos cuando se agota. Con Paolo, heroico, tampoco.