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El pasado 22 de marzo, la sonda Parker tuvo su acercamiento número 23 al Sol, igualando su propio récord al volar a apenas 6,1 millones de kilómetros de la superficie solar. Solo el 24 de diciembre del año pasado logró una hazaña similar. Es la nave espacial que más cerca ha estado de nuestra estrella. Pero, ¿cómo es posible que no se achicharre?

Parker es una sonda de la NASA lanzada el 12 de agosto de 2018, diseñada para estudiar la corona exterior del Sol y entender mejor el comportamiento del viento solar. En 2021, se convirtió en la primera nave en “tocar” la atmósfera solar.

MIRA: Parker repite la hazaña: la sonda roza el Sol y alcanza su récord de cercanía

El Sol es una inmensa bola de plasma sin superficie sólida. Lo que vemos es la fotosfera, una capa brillante donde emergen columnas de gas incandescente y se entrelazan campos magnéticos. Más allá se extiende la corona, tan tenue que solo se ve durante un eclipse total.

En esa región, las temperaturas superan los 5.600 °C, más que suficiente para derretir cualquier material conocido. Sin embargo, Parker sobrevive gracias a una compleja ingeniería térmica.

Sonda solar Parker de la NASA

Sonda solar Parker de la NASA

/ NASA

El escudo que desafía al infierno solar

La clave está en su escudo térmico, que siempre permanece orientado hacia el Sol. Detrás de él, todos los instrumentos de la sonda se mantienen protegidos. Incluso los paneles solares solo se despliegan por completo cuando Parker se encuentra más lejos de la estrella, explican desde El País.

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Este escudo es una especie de “sándwich” de espuma de carbono de unos 11 centímetros de grosor, recubierto por láminas del mismo material. La cara expuesta al Sol tiene una capa de cerámica blanca que refleja gran parte del calor. Aun así, en cada perihelio (el punto más cercano al Sol), la superficie del escudo alcanza temperaturas de hasta 1.300 °C.

Tecnología a prueba de fuego solar

De acuerdo al medio español, cada componente de la sonda fue diseñado para resistir condiciones extremas. El cobre, habitual en los cables eléctricos, no serviría: se fundiría. En su lugar se usa niobio, envuelto en fundas de cristal de zafiro.

El único instrumento que se asoma por encima del escudo —la cavidad de Faraday, encargada de medir el viento solar— está hecho con una aleación de titanio, circonio y molibdeno, capaz de soportar hasta 2.300 °C. Sus electrodos son de tungsteno, el metal con el punto de fusión más alto conocido: más de 3.400 °C. Algunas piezas fueron moldeadas no con láser, sino mediante ataques químicos con ácido, debido a su resistencia.

Buena parte de estos sistemas fueron diseñados y construidos en el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins, uno de los centros más avanzados en ingeniería espacial.

Gracias a esta tecnología, Parker sigue desafiando los límites del espacio conocido, acercándose al corazón de nuestra estrella y enviando datos cruciales para entender cómo el Sol influye en todo el sistema solar, incluida la Tierra.



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