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A mediados del primer tiempo, cuando André Carrillo había tomado el comando del juego, Bryan Reyna hacía surcos por la banda izquierda, Paolo daba una clase maestra de cómo jugar bien sin la pelota y Polo se despegaba de la línea para aprovechar mejor los espacios, pensaba que el rasgo que mejor nos define como peruanos es nuestra incomparable habilidad para dispararnos a los pies.

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La solución siempre la tuvimos frente a nuestras narices. En lugar de potenciar el trabajo dejado por Gareca, nos dimos el lujo de intentar algo radicalmente nuevo, como si tuviéramos tiempo y jugadores para hacerlo. Ni el rotundo fracaso del experimento Reynoso permitió reconocer la dimensión del error. La terquedad de Fossati solo consiguió alejar al fútbol peruano de su esencia. Nunca tuvimos tanto miedo de cruzar la línea central del campo que con el uruguayo al mando. Hasta el equipo de Pepe, el peor que ha enfrentado una eliminatoria, tenía delanteros que pateaban al arco. Fuimos el emblema del temor y la mezquindad.

No, no me quiero subir al coche del triunfo. Sigo creyendo que es más fácil que la presidenta reconozca sus cirugías plásticas a que la selección clasifique al Mundial. Pero durante el partido ante los bolivianos, hubo momentos en que el juego volvió a hacernos felices. La sensación de haber recuperado la memoria futbolística, aunque sea solo por ráfagas, nos invadió a todos.

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La gran virtud de Ibáñez fue buscar que los seleccionados no anduvieran por el campo como conejillos de indias de experimentos estrambóticos o atados a un sistema más rígido que un corsé. Hizo que volvieran a sentirse cómodos. Sin perder el orden, hubo espacio para que desarrollaran sus habilidades. La reconversión (o, mejor dicho, resurrección) de André Carrillo como volante -mediocentro o detrás del punta- le devolvió al equipo identidad e ideas para encontrar profundidad en el ataque. La jugada previa al gol de Polo fue una reminiscencia de cualquier partido de la eliminatoria del 2018.

Pese a todo, la sensación es que el juego no alcanza para desatar el optimismo. La experiencia de nuestros ‘viejitos’ (así, con desdén, fueron llamados por la prensa y los creadores de contenido altiplánicos) hizo diferencias en el momento justo, pero también evidenció sus carencias. El resto físico ya no es el mismo (Carrillo y Guerrero estaban fusilados a poco de iniciado el segundo tiempo), tampoco la precisión para el pase o la reacción para aguantar el anticipo de jugadores más ligeros y con menos calendarios sobre el hombro.

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André Carrillo disputó 80 minutos en el triunfo por 3-1 ante Bolivia en el estadio Nacional. (Foto: GEC)

André Carrillo disputó 80 minutos en el triunfo por 3-1 ante Bolivia en el estadio Nacional. (Foto: GEC)

Finalmente, la modestia del rival no brindó una medida real de nuestras posibilidades. Bolivia, pese a su dominio en la segunda etapa, nunca convirtió a Gallese en figura. Su lugar en la tabla responde más a las condiciones de El Alto que a su nivel de juego (así la soberbia les impida reconocerlo).

Este martes, Venezuela también se juega la vida. Pensar que enfrentaremos a un rival con el mismo nivel de confusión al que vencimos de visita en la anterior eliminatoria, es absurdo. Los favoritos son ellos, así a algunos les cueste admitirlo.

La gran lección de este proceso, al margen de cuál sea su final, es que sin perder de vista la modernidad, Perú no puede alejarse de su esencia. Intentar otra cosa es traicionarse a sí mismo.



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